¡Acabemos con el nefasto déficit público!

A todo el mundo le parece muy bien que la gente cuyos ingresos no le dan para comprarse un piso, pida un crédito hipotecario; a todo el mundo le parece muy bien que como las empresas no ingresan todo lo que quieren gastar deban recurrir al ahorro privado para financiar la inversión; pero, sin saber exactamente por qué, esa conducta parece vedada para el Estado. Los déficits públicos son malos, perversos y dañinos.

Que conste que yo creo que los déficits públicos son no sólo malos, dañinos y perversos, sino que pienso que su desaparición definitiva significaría un avance gigantesco en nuestro bienestar y en el de las generaciones futuras. Pero sigo sin entender por qué la ideología dominante acepta que un particular se endeude para comprar un piso, o que una empresa se endeude para  ampliar su planta o modernizar la maquinaria, y que el Estado no pueda hacer lo mismo.

Quizá si pensamos en los destinos de ese endeudamiento podemos aclarar el sustento de esa ideología. Probablemente no se vea con buenos ojos que un particular se endeude no para comprar una casa, sino para jugar en el casino. Y quizá tampoco se vea con buenos ojos que una empresa pida un crédito para desaparecer con él tras una adecuada  suspensión de pagos (José Luis Coll decía que los ricos suspenden pagos y los pobres suspenden cobros)

Luego tal vez la desconfianza hacia el déficit surge de la desconfianza hacia lo que el Estado hará con ello. Qué duda cabe que si pensamos que ese déficit se va a usar para atiborrar de marisco del cantábrico a los altos cargos, todos nos opongamos. Pero ¿con qué razones nos podemos oponer a que el Estado se endeude para mejorar la asistencia en los hospitales, o para poder enseñar Inglés a nuestros pequeños desde la escuela, o para adecuar las infraestructuras ferroviarias al Siglo XXI?

Mantengo, sin embargo, que el défitit público es nefasto. Pero no ese déficit público del que hemos estado hablando hasta ahora. Me refiero al déficit, a la carencia, a la necesidad de tantos y tantos bienes públicos que el mercado no puede proporcionar. Los supermercados abarrotados, los bazares de electrónica hasta los topes, y las tiendas de ropa cada vez más elegante y barata forman parte de nuestros logros en el ámbito del mercado. Pero esos avances en el campo privado parecen llevar mucha ventaja a esos otros de protección social, de apacibilidad, de preservación y mejora del medio ambiente, de lucha contra los ruidos y la suciedad y sobre todo, de verdad que sobre todo,  de la profundización en los tres pilares del estado de bienestar- educación, sanidad y pensiones - y en la implantación en el planeta de esos valores de libertad, igualdad y fraternidad, que son el núcleo de la moderna Europa, y  nuestra mejor aportación a la lucha por los derechos de los oprimidos. 

Y esas necesidades acuciantes no pueden  - lo sabemos muy bien los economistas - atenderse desde la esfera del mercado. Como antes decía, es la eliminación de este tipo de  déficit público, malo, dañino, perverso y nefasto, lo que significaría un avance gigantesco en nuestro bienestar y el de las generaciones futuras.

Que tengáis un buen finde.

(Anterior)

(Siguiente)