El estudiante
El primer año andaba ya muy lejano. Pero recordaba la ilusión con la que comenzó a prepararlo todo para iniciarse en la Alquimia; cómo consiguió un lugar donde estar tranquilo, cómo se procuró los manuales que le guiarían a través del tiempo, y cómo almacenó los matraces, probetas, hornos y crisoles con los que lograría la Obra.
Recordaba el fervor con el que empezó a trabajar buscando el elixir de la eterna juventud y la piedra filosofal.
Noche
tras noche, buscando la luz de la luna reflejada en el espejo, machacaba, añadía,
destilaba, fundía, enfriaba y, sin resultados, volvía a comenzar. Una y otra
vez, noche tras noche. Con ilusión. Sonriendo.
El segundo año, sorprendentemente, le resultó más difícil el intento de la Obra. Empezaba a tener problemas para concentrarse. Cuando trataba de ver si aparecía el ala de cuervo en la fundición, sus ojos se iban hacia las manchas de la luna que veía por la ventana. Cuando trataba de escuchar el crujir del rojo precipitado, ocurría que el canto de los grillos en verano, o el ulular del viento en invierno se lo impedían. Pero seguía, una y otra vez haciendo lo mismo. Tozudamente.
En el tercer año pensó en dejarlo. La distracción era continua. Le interesaba mucho más la música del viento que el crepitar del crisol. Se quedaba atontado viendo las sombras que el fuego proyectaba en la pared de su laboratorio, y se sorprendía asimismo mirando ensimismado la otra realidad reflejada en la superficie convexa de los matraces. Pero a pesar de ello, como un autómata, apagaba y encendía, día tras día, por vocación, sin ilusión, por inercia.
El cuarto año fue el definitivo. Para apurar, trabajaba de noche y de día. Pero de día, las conversaciones que mantenían los pájaros le impedían prestar atención a otra cosa, cuando no eran los sonidos de la hierba al crecer y las flores al formarse, quienes le alejaban de cualquier otro intento. Probó a cerrar las ventanas del laboratorio, pero las vetas del mármol de la maza del mortero le hablaban de otros tiempos, y al tocar los cristales de las vasijas sentía las profundidades marinas desde donde surgió nuestra vida. Probó también a trabajar mucho de noche, pero a veces ni lograba encender el hornillo, loco como estaba entendiendo la historia que contaban las estrellas. Y sintió el fracaso. Ni lo habría logrado ni nunca lo conseguiría.
Entró por última
vez en ese taller en el que se le había ido tanto tiempo de su vida dispuesto a
acabar con el engaño. Deseaba tirar todo a la basura: recipientes y libros,
hornos y salamandras. Se miró en ese espejo
que otras veces había usado para polarizar la luz de la luna, y vio su imagen.
Tenía arrugas alrededor de los ojos, pero tampoco sabría decir si eran de
sufrimiento o de permanentes sonrisas; y además casi no lograba verse, porque
el espejo le devolvió la vida de aquellos que trabajaban en las minas de
mercurio con el que se hacía el reflejo en que él se miraba. Miró hacia las
nubes y entendió el universo. Se tendió en la tierra y la abrazó emocionado.
Notó que para siempre estaría allí de una forma u otra siendo humo o color de
flor, permanentemente nuevo. Y por si fuera poco, sentía su corazón luminoso
como el sol.
Pensó en todos los años perdidos, día tras día, noche tras noche, en una búsqueda imposible de una piedra filosofal y un elixir de eterna juventud.
Pero antes de rendirse a la tremenda dulzura que le invadió al sentirse identificado con el universo, supo que no había perdido el tiempo. Con un estremecimiento se dio cuenta de que sí había hallado la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud. Había tomado como obstáculos a los avances, había pensado que eran distracciones los primeros destellos de sabiduría, había creído que le alejaba precisamente aquello que le acercaba.
Admirado y agradecido percibió la forma preciosa en la que estaba encontrando aquello que tanto había buscado. Todas sus expectativas quedaban desbordadas por la manera tan hermosa en que su esfuerzo de años rendía su fruto.
Y sonriente por dentro y por fuera, feliz, se puso calladamente a trabajar con la gente.
Que tengáis muy buenos fines de semana; y hasta el Curso que viene.