El lenguaje de los precios
He vuelto a ver, pasados muchos años, la espléndida película de Scola, La noche de Varennes. Cuando en su momento la disfruté en el Alphaville de Madrid hubo un personaje que me impresionó: Marcello Mastroianni interpretando a un ya envejecido, irónico y fundamentalmente digno, Casanova.
Vuelta a ver ahora, pasado el tiempo que acerca mi vida a la mirada de este personaje, he vuelto a maravillarme con la obra, pero esa dignidad que situaba hace veinte años sólo en el decrépito Casanova, la he visto en la totalidad de aquellos que, haciendo frente al derrumbe de su mundo, mantienen hasta el final el respeto que a ellos mismos se merecen.
Pelucas empolvadas, capas, velos, gestos y silencios forman parte de un lenguaje que transmite: soy un habitante consciente de mi mundo y de mi instante, ya sea cuando el sol calienta mi cuerpo o cuando la tempestad y el hielo me llevan a la muerte.
El
sistema de precios es también un lenguaje, esto es, un sistema de comunicación.
Un lenguaje expresado en unidades monetarias en el que de forma taquigráfica se
te informa de que si quieres vivir en esta casa debes trabajar tantos años de tu
vida para un banco, o que si quieres entrar a ver una película en el cine debes
renunciar a dos copas en un bar. Expresado en ese lenguaje, lo anterior se
resume en: Piso 300.000 €; Cine 5 €.
Así que aparte de tratar de convencer a Virila de Leyre para que nos enseñe el lenguaje de los pájaros, todos los que estudiamos economía tratamos de entender el lenguaje de los precios.
Hay que advertir que el estudio del este lenguaje es bastante tedioso y simple. La formación de los precios es algo que tras unos cuantos años de esfuerzo se comprende sin ninguna dificultad, análogamente a lo que sucede con otros lenguajes.
Pero, como sabemos, lo verdaderamente importante no es el conocimiento en si de un idioma, sino su práctica. Un lengua puede usarse para escribir novelas o declarar el amor, pero también para ordenar la tortura Y con los precios pasa lo mismo: pueden usarse para lograr el poder de unas naciones sobre otras, para transformar radicalmente la sociedad, para enriquecer a unos, y conducir a otros hacia la miseria.
Tío Gilito, por más que se revuelque en sus monedas de oro nunca podrá, de momento, vivir en el Palacio de Buckinham por más que lo desee, ya que, hoy y ahora, o lo conquista por la fuerza de las armas, cosa costosísima, o lo hereda, cosa imposible. Y hay muchos Tíos Gilitos deseando muchos Buckinham.
Nos cuenta la propaganda de los ricos que cada vez que se amplía el llamado mercado mundial, cada vez que el imperio del dinero invade un espacio antes reservado a lo público o a lo íntimo, aumenta la eficiencia, y el crecimiento, y la felicidad planetaria, y...
Lo mismo es verdad, aunque algunos lo dudemos, pero lo que está claro es que también, y a lo mejor sobre todo, con esas privatizaciones de lo público y mercantilizaciones de lo íntimo, muchos Gilitos consiguen su Buckinham. No lo olvidemos.
Que tengáis un buen finde.