El tipo de interés

Hace muchos años, en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, situada entonces en El Retiro, un profesor se dirigió al comienzo de curso a sus alumnos, y manteniendo alzado el libro de referencia les dijo: "Para entender este texto tienen ustedes dos procedimientos: el habitual, esto es mediante el estudio, o bien este otro - y poniéndose el libro bajo el brazo concluyó - el llamado osmótico, según el cual el conocimiento asciende hasta su cerebro por simple contacto. Y - terminó - hasta ahora nadie ha aprobado mi asignatura con este último método".

Hay conocimientos que parecen adquirirse por ósmosis, sin esfuerzo. Así ocurre con esa leyenda urbana de que los movimientos del tipo de interés algo tienen que ver con el crecimiento o el decrecimiento del PIB.

Allá por el año 1992, cuando se inauguró en Salamanca la Facultad de Economía, los estudiantes hicieron un periódico que se llamaba "La Eclosión". En esa publicación, tras mis largos años de estudio, encontré por fin la mejor definición que he visto hasta ahora de lo que es un tipo de interés.

Un tipo de interés, decían las chicas de "La Eclosión", es precisamente eso, un tipo de interés; alguien que "te pone colorada cuando te mira".

Hasta Keynes el tipo de interés se consideraba que era, entre otras cosas, la recompensa por la abstinencia del consumo; pero vistas las orondas figuras de los ahorradores, tampoco era muy creíble esa explicación. Keynes estableció que el tipo de interés no resultaba una compensación por la espera sino un premio por la pérdida de liquidez.

La reducción de ese tipo de interés no viene mal cuando ya se ha decidido invertir, pero su reducción, de por sí, nunca podrá provocar un aumento de la inversión. O sea, que, como es habitual decir entre muchos keynesianos, se puede llevar el caballo al abrevadero, pero nunca obligarle a beber. También se sabe que necesariamente los movimientos del tipo de interés influyen de forma inversa sobre el precio de los títulos de renta fija. Pero poco sabemos más.

Por ello muchos nos quedamos perplejos cuando todos los medios de comunicación andan pendientes de si el presidente de la Reserva Federal, o del Banco Central Europeo, suben o bajan los tipos de interés. Debe ser que hay gente que cree que esos cambios tienen algún efecto sobre el crecimiento económico. O quizá sea que entre las obligaciones secretas de los Bancos Centrales esté la de apoyar a esos Casinos Globalizados que toman, en un intento de respetabilidad, el nombre de "Mercados mundiales de productos financieros".

Me recuerdan aquellos dibujos animados en los que los simpáticos "fragueles", en un momento de escasez de agua, iban en procesión hasta una tubería, y mientras el mago la golpeaba con su báculo, todos cantaban deseando que el agua brotase: "¡Sal agua, sal!".

Estoy convencido que los sacerdotes de "Fraguel Rock" pueden tener más éxito con su agua que nuestros respetables Sumos Banqueros con su pantomima.

Que tengáis un buen finde.

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