Las Catapultas
Hubo una vez un país cuya sociedad estaba centrada en las catapultas. Esas máquinas primitivas lanzaban hacia el cielo piedras enormes que luego caían sobre sus habitantes matándolos, destruyendo sus casas, y arrasando las cosechas de los campos. Pero, eso si, creaban empleo y riqueza.
La ciencia y la tecnología existentes permitían mejorar año tras año el diseño y la eficacia de tales máquinas. El trabajo de casi toda la población activa de nuestro país se dirigía a la producción, el mantenimiento y el uso de aquellos artilugios de destrucción.
Además, los puestos de trabajo se renovaban de forma casi continua dotando a esa sociedad de una gran movilidad. Raro era el día en el que en cualquiera de las modernas fábricas de catapultas dejaba de acudir al trabajo bien el director gerente, bien el jefe de producción o bien cualquiera de los operarios, por haber sido destrozados, en su casa o en mismo camino al trabajo, por alguna de las enormes piedras lanzadas al azar por aquellas máquinas eficacísimas.
El Gobierno de aquel país tenía pocos problemas derivados del presupuesto: la mayor parte de los trabajadores, al morir aplastados por las piedras de las catapultas que construían, aliviaban la partida de las pensiones de jubilación. Escasos eran los días en los que alguno de los pedruscos no alcanzaba de pleno a una escuela o instituto, con lo que también se reducían los gastos en educación; y como también eran destruidos sistemáticamente los hospitales, matando a los que habían sido heridos en otras circunstancias, la financiación de la sanidad tampoco constituía un mayor problema.
Casi la totalidad de los gastos del estado se dirigían a la reconstrucción de carreteras, edificios y diversas infraestructuras, y claro está, a la sustitución, renovación y producción de catapultas.
Todos los días había miles de muertos y heridos y en el país actuaban cientos de organizaciones de caridad que se dedicaban a enterrar a los muertos y curar a los heridos.
Se organizaban reuniones de gentes muy preocupadas por cómo ofrecer los primeros auxilios a las víctimas, cómo reconstruir las casas destrozadas, cómo aliviar el dolor de los familiares de los masacrados, cómo reconstruir la vida de los mutilados, cómo recoger a los huérfanos....
Pero nunca se preocuparon por acabar con las dichosas catapultas.
Parecían cegados para ver el origen del dolor por muy dispuestos que estuvieran a mitigarlo.
Que tengáis un buen finde.