Los monos
Circula por Internet una historia, con múltiples versiones, y con un autor original del que desconozco su nombre pero a quien admiro profundamente.
Cuenta esa historia que alguien pone en un foso a unos cuantos monos a los que se alimenta muy escasamente con cacahuetes. En el medio del foso hay una escalera que usan los monos para sus juegos y acrobacias.
Pasados unos días y empezando a hacer el
hambre sus estragos, se coloca al final de la escalera un gran racimo de
plátanos.
Inmediatamente uno de los monos comienza a subir como un loco a por los plátanos, y en ese momento se les rocía a todos con agua helada.
Por supuesto el mono desiste de su ascensión, y junto con los otros corre a refugiarse en las esquinas del foso.
Nunca más volverán a ser torturados. No hará falta.
Con los estómagos medio vacíos mirarán con anhelo el racimo de plátanos colocados sobre la escalera pero nadie se atreverá a subir por ella sabiendo lo que a todos les espera si lo hace.
Unos cuantos días después se saca del foso a uno de los monos y se le sustituye por otro que nada sabe de la historia. Este, ve el racimo de plátanos y corre a por ellos. Antes de que llegue al comienzo de la escalera los otros monos se lanzan a por él y le dan una soberana paliza para hacerle desistir del intento.
A partir de ese momento el mono nuevo adopta el mismo comportamiento de los demás ante los plátanos, aunque por razones distintas: ellos por miedo a la ducha de agua fría y él por miedo a la paliza de sus compañeros.
Tras unos días se vuelve a sustituir a uno de los monos veteranos por otro nuevo. Este, inmediatamente, se lanza a por los plátanos, y los demás a por él, y resulta que el que más le sacude es precisamente el que ni siquiera sabe porqué le pega.
Así, paulatinamente, se van cambiando unos monos por otros, con las sucesivas llegadas perplejas, los sucesivos intentos de acceder a los plátanos por parte del recién llegado, y las sucesivas palizas, y así hasta que al final no queda en el foso ninguno de aquellos primeros que fueron regados con agua helada.
Ninguno intenta subir a por los plátanos. Hambrientos, vagan por el foso mirando de vez en cuando a los plátanos como algo inalcanzable, y, probablemente, pasado un tiempo, ni siquiera los ven.
Siempre me pregunté dónde están nuestros plátanos. ¿A qué cosas que están a nuestro alcance renunciamos porque pensamos que son imposibles sin saber exactamente por qué lo son? ¿qué objetivos en lo económico, en lo social, en lo medioambiental o en lo personal se han convertido en algo tan imposible como el manojo de plátanos para nuestros monos?
Que tengáis un buen finde.