No comer corazón

 

Hace unos años fui a dar una conferencia al IMSERSO, y les conté que para poder comerse un melón que uno no había cultivado existían, como para casi todo, tres procedimientos: el procedimiento jerárquico que consiste en obligar de una u otra forma al dueño del melón a que nos lo entregue; el procedimiento de mercado que consiste en comprárselo; y el procedimiento valorativo, que consiste en convencerle para que nos lo regale. En definitiva, el imperio de la ley y la fuerza, el imperio del mercado y el imperio de las convicciones. Ni que decir tiene que, como me contaron más tarde, yo me convertí para los asistentes en "El Señor de los Melones"

 

Las leyes, el mercado y las creencias constituyen los elementos dinamizadores del sistema económico, y a la vez la forma en la que distintos individuos y grupos luchan por el poder.

Sabemos cómo podemos ejercer el poder con una ley, una orden o ejerciendo un derecho, y correspondientemente también sabemos cuando algo o alguien nos está obligando a hacer algo determinado. Análogamente ocurre cuando alguien nos propone que realicemos determinada actividad a cambio de un precio. Todo trabajo asalariado entra dentro de esta última categoría.

 

 Sin embargo, aquellas actividades que emprendemos sujetos a una determinada convicción, no comparten con las órdenes o los precios la claridad del ejercicio de poder que recogen.

 

No es lo mismo pagar impuestos, realizar trabajos forzados en una institución penitenciaria, o bien trabajar hasta la extenuación a cambio de un salario, que dar tu vida por la persona a la que quieres, por los hijos a los que proteges, o por las ideas religiosas en las que crees.

 

La tradición cuenta que Pitágoras enunció una serie de principios, que por venir de él, se conocen consecuentemente como "Principios Pitagóricos". Uno de ellos, el que siempre más me ha impresionado dice: "No comer corazón". Así de sencillo y breve: "No comer corazón"

 

No creo que sea una prohibición gastronómica. Me parece más bien que nos indica que nunca debemos usar los sentimientos para someter a otra persona a nuestra voluntad "comiéndole el corazón".

 

Una cosa es la necesidad de usar las persuasiones valorativas para convencer a los demás, para debatir, para argumentar, y para discutir sobre nuestras creencias - la ciencia es también una creencia - y otra muy distinta lo que es simple y descarnadamente una manipulación de la conciencia de las gentes, de sus miedos al vacío, del terror a la soledad o la muerte, para, sobre sus espantos, erigirse en manipuladores de almas; en comedores de corazón.

 

Que tengáis un buen finde.

 

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