En
la siesta de julio, ascua violenta y ciega,
prendió el horno las
ropas de la niña. La arena
quemaba cual con
fiebre; dolían las cigarras;
el cielo era igual
que de plata calcinada.
...Con
la tarde, volvió - ¡anda potro! - la madre.
El pinar se reía. El
cielo era de esmalte
violeta. La brisa
renovaba la vida...
La
niña, rosa y negra, moría en carne viva.
Todo le lastimaba. El
roce de los besos,
el roce de los ojos,
el aire alegre y bello:
-"Mare,
me jeché arena zobre la quemaúra.
Te yamé, te yamé
dejde er camino...! Nunca
ejtubo ejto tan zolo!
Laj yama me comían,
mare, y yo te yamaba,
y tú nunca benía!"
Por
el camino -¡largo!-, sobre el potrillo rojo,
murió la niña.
Abiertos, espantados, sus ojos
eran como raíces
secas de las estrellas.
La brisa jugueteaba,
ensombrecida y fresca.
Corría el agua por
el lado del camino.
Ondulaba la yerba.
Trotaban los pollinos,
oyendo ya los gritos
de los niños del pueblo...
Dios estaba bañándose en su azul de luceros.
JRJ