Defender la alegría
Comentaba el otro día con algunos de los de cuarto, a los que les sólo les falta un hervor final para licenciarse, que una de las diferencias entre nosotros, los economistas, y la gente de ciencias estriba en el grado de enojo que puede provocarnos lo que estudiamos.
Si estudias geología difícilmente puede molestarte que la pirita tenga azufre, pero estudiando economía quizá sufras porque haya tanta gente sin distinción de edad muriéndose de hambre; o sobreviviendo en la miseria; o ganándose la vida trabajando como bestias en las minas de esmeraldas; o vendiendo minas antipersonales recogidas de los campos donde algunos canallas las pusieron.
A
ningún químico en sus cabales le molesta la existencia de la tabla periódica,
pero quizá aquellos aspirantes a economistas, que piensan que todo en la vida se
lo deben a ellos mismos, se enfaden cuando se les explica que no es lo mismo
nacer de una pareja de drogadictos marginados, que en la familia de un
respetable médico.
Esto es, que fuera de las teorías del capital humano, y en palabras de Silvio Rodríguez:
"Tener no es signo de malvado y no tener tampoco es prueba de que acompañe la virtud/Pero el que nace bien parado, en procurarse lo que anhela no tiene que invertir salud"
Por eso todos debemos tener como tanto cuidado en no confundir los deseos con la realidad. Quizá habrá que admitir que algo que no nos gusta es cierto, y algo que nos encanta es falso. Es con honradez con la que construiremos los pensamientos que sustentarán una visión certera de la vida; con honradez y con esfuerzo, claro.
Muchos de nosotros detestamos esa pirita de la miseria que existe para tanta gente en nuestro planeta; y especialmente esa detestable tabla periódica de la muerte y explotación de los más pequeños.
Parece, nos cuentan, que en los desfiles triunfales del Imperio Romano, mientras el héroe era aclamado por la multitud, alguien musitaba continuamente a su lado: recuerda que eres mortal. Y creo que a lo largo de nuestra vida y nuestro estudio, un espíritu amigo debe decirnos continuamente al oído: tras esas explicaciones hay dolor; tras esas teorías hay miseria; no lejos de aquí hay multitudes desesperadas.
Pero ¿cómo combinar esa conciencia de la tragedia cotidiana, con nuestra necesidad, también cotidiana, de habitar sonrientes nuestra vida?
Eso no se enseña en la Universidad. Hay que recurrir a los poetas.
Dice Mario Benedetti:
"Defender
la alegría como una trinchera/defenderla del caos y de las
pesadillas/de la ajada miseria y de los miserables/de las ausencias breves y las
definitivas...defender la alegría como una certidumbre/defenderla a pesar de
dios y de la muerte/de los parcos suicidas y de los homicidas/y también del
dolor de estar absurdamente alegres"
Nuestra alegría será así como las amapolas que pronto veremos florecer en los estercoleros como una venganza de la belleza sobre lo inmundo.
Y termino con José Hierro, quien también desea que algo peculiar nos pase. Dice:
"Criatura también de alegría quisiera que fueras,/criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte"
Sed felices.