JAVIER HERNANDO CARRASCO. UNA PARÁBOLA DEL PODER
En los últimos años la obra de José Fuentes ha adquirido una condición netamente narrativa. Y no me refiero a que, como ha sido tradicional en la pintura y desde hace un par de décadas en la fotografía, la imagen encuadrada contenga elementos que se constituyen como indicios de un relato que el espectador debe construir a partir de los mismos, sino a la presencia de un verdadero guión que el artista desarrolla en sucesivas imágenes que al propio tiempo vienen a conformar secuencias, por continuar utilizando la jerga cinematográfica, cuya suma completa la serie: Las puertas del Paraíso (2004), Algunos Ángeles (2006). De hecho en cada uno de estos dos trabajos hay divisiones explícitas con enunciados específicos que poseen una lógica narrativa de orden diacrónico, y también, en el primer caso, topológico. Como evidencian sus títulos ha recurrido a argumentos de la tradición religiosa occidental: el Paraíso, los Ángeles, ya que más allá de los significados específicamente religiosos constituyen símbolos genéricos que permiten desarrollar discursos de índole diversa, razón por la que, como otros muchos símbolos universales, han mantenido su vigencia a lo largo de la Historia, dando muestra de su gran capacidad de adaptación. Así el Paraíso ha estado presente en el imaginario de la práctica totalidad de las culturas y también los Ángeles, como seres intermediarios entre la divinidad y los hombres, son una constante cultural. Si en Las Puertas del Paraíso el artista aludía de manera explícita al placer; pues ciertamente no puede existir un lugar que reúna condiciones más idóneas para aquél. en " Algunos Ángeles " insiste en el mismo concepto, si bien por una parte lo reduce, al centrarlo en el placer sexual, dejando al margen el intelectual y el sensual que completaban la serie precedente; y por otra transforma los enunciados genéricos, antes simbolizados en otros tantos elementos: el placer intelectual y los arcanos, el sensual y la vegetación, el carnal y las serpientes, en un relato situado en ese espacio celestial donde los ángeles llevan a cabo actos impropios de su condición. Como señalaba más arriba la relativa complejidad del relato exige un desarrollo escrito que difícilmente podría ser reproducido con detalle en las imágenes grabadas, algo que en ningún caso pretende el artista porque es consciente de las limitaciones narrativas de las imágenes fijas. De manera que opta por concentrar, por sintetizar cada una de las fases del relato en otros tantos elementos icónicos: los órganos sexuales, los instrumentos de tortura, las cajas y su relación física con los ángeles, ya que dichos instrumentos son causa consecuencia al mismo tiempo de los avatares sufridos por los protagonistas. Unos avatares que tienen su punto de partida en la atracción que los ángeles del Paraíso sienten por los cuerpos gozosos de Adán y Eva, provocando en ellos un deseo de imitación que exige la creación de órganos sexuales, en realidad prótesis sustitutivas, habida cuenta de su carácter asexuado. La inmediata réplica divina a tal atrevimiento supone el castigo mediante la aplicación de instrumentos de tortura. Con el paso del tiempo la divinidad les otorgará el perdón, permitiéndoles elegir entre su transformación definitiva en seres humanos y el retorno a su estado previo, y por tanto a la inmortalidad. Quienes elijan la primera opción adquirirán la fisonomía humana plena y definirán su identidad sexual con absoluta libertad, dando lugar en muchos casos a identidades heterodoxas; quienes por el contrario prefieran retornar a su condición precedente hallarán un obstáculo insalvable, ya que su recuperación exigirá la apertura de unas cajas que se tornan inmateriales al intentar entrar en contacto con ellas para llevar a cabo su apertura. Desde el punto de vista plástico las imágenes están tratadas con notable austeridad, ya que en todos los casos, sobre unos fondos tendentes a la monocromía pero concebidos con un sentido atmosférico suficiente para transmitir la sensación de ligereza, se recorta la silueta del ángel, trazada con una línea incisa; una figura que aún siendo evidente queda integrada, en algunos casos me atrevería a decir que casi disipada, en una encarnación simbólica de la inmaterialidad propia de aquellos seres. Por el contrario las prótesis que hacen realidad los órganos genitales inexistentes, los aparatos de tortura, los nuevos órganos surgidos con la elección de la entidad humana, las cajas, y también las auras que señalan la santidad de los ángeles en la primera parte del relato, muestran su inequívoca materialidad, ratificada además por su ejecución mediante la taracea, un procedimiento compositivo a base de pequeños fragmentos de madera que tuvo su gran desarrollo durante los siglos del Renacimiento y del Barroco, aunque aplicado de forma mayoritaria a la decoración del mobiliario. De manera cuna correspondencia entre la incorporeidad de esos seres y el modo en que se representan en el papel: el dibujo, máxima expresión de la inmaterialidad; y otro tanto sucede con los objetos y órganos genitales definidos mediante un material tan consistente, tanto física como visualmente, como la madera. Como es habitual en el trabajo de José el alarde técnico, la permanente experimentación se hallan en sintonía con el discurso desplegado. Integrar la técnica de la taracea en el papel grabado representa una vuelta de tuerca, siendo su resultado plenamente satisfactorio, tanto desde el punto de vista plástico, pues la considerable pesadez visual de la madera queda compensada por la aplicación en todos los casos de magnitudes discretas, como conceptual, ya que como he señalado sirven para diferenciar nítidamente lo material, en este caso lo corporal, de lo inmaterial, o sea de lo incorpóreo. Asimismo la simplicidad e inmediatez aplicadas al trazado de las figuras contrasta con la minuciosa definición de las partes materiales: dibujo preciso, sombreado, efectos perspectivos. Y de dicha contraposición surge un efecto de suspensión de los nimbos, las prótesis, los genitales y las cajas, porque las posturas dinámicas de las figuras angelicales, impone posiciones inestables, puntos de vista peculiares de los objetos. En este sentido el artista parece haberse inspirado en las composiciones de las pinturas barrocas, en las que las figuras adoptan, sobre todo en las grandes narraciones pictóricas que tienen como soporte las bóvedas y cúpulas, las posturas más extrañas, plenamente justificadas al hallarse en un espacio celeste sin apenas elementos físicos que establezcan niveles de estabilidad espacial. Color frente a dibujo, opacidad frente a transparencia, solidez frente a levedad, son algunas de las contraposiciones sobre las que se articulan estas composiciones. A pesar de esos contrastes, los elementos adheridos a esos cuerpos casi imperceptibles se integran armónicamente. Sólo los instrumentos de tortura tienden a acaparar la escena, a anular en cierto sentido a la figura, tanto por sus formas amenazantes como por sus mayores dimensiones. Es un modo de señalar la brutalidad del castigo. Pero regresemos al relato, o mejor a la búsqueda de su sentido, ya que en el mismo se hallan enunciadas algunas cuestiones universales como el placer, la autoridad, el castigo, la inmortalidad o la identidad. Frente al carácter de la realidad el hombre ha soñado desde siempre existencia de un lugar en donde no exista el dolor, sustituido por un goce intenso y permanente. Ese lugar paradisíaco se oferta como el premio supremo en los principios de muchas religiones que exigen para alcanzarlo haber sufrido intensamente durante la vida terrenal. El hombre sin embargo intenta construir paraísos a su medida, y aunque difícilmente éstos puedan llegar a un grado de perfección tan quimérico como el imaginado en los textos mitológico-religiosos, dan plena satisfacción a sus deseos, pues hay tantos paraísos como sujetos y en muchas ocasiones sus elementos constitutivos son modestos pero suficientes para sentirse dichoso. Probablemente un elemento insoslayable en cualquier paraíso sea la existencia de la autoridad, es decir, la búsqueda de la libertad, ya que en mayor o menor medida el mando exige sometimiento. La trasgresión de las reglas, siempre -discutibles, elevadas a categoría de axioma como sucede en las religiones y en los estados totalitarios, implica castigo. El ejercitante del poder tiende a considerar que los criterios sobre los que lo desarrolla son incontestables y por tanto a parecerle natural su cumplimiento; de manera que su cuestionamiento o, como en la fábula maquinada por José Fuentes, la toma de iniciativas al margen de la autoridad, son siempre interpretadas como signos de rebelión a aquélla. El concepto de paraíso implica perfección y desde luego inmutabilidad. Pero ambos conceptos manifiestan la imposibilidad de su existencia. Porque todo está sometido de manera permanente al cambio, incluso aquellos sentimientos que consideramos inamovibles. Nos sentimos felices en un determinado contexto que nosotros mismos hemos construido y de repente se produce un suceso, incluso un síntoma apenas perceptible que modifica el contexto, es suficiente para suscitar un deseo antes nunca habido, advirtiéndonos de que el estado plácido vivido hasta entonces precisa de cambios para poder prolongarse. Las criaturas divinas seducidas por los actos humanos, se convierten así en un símbolo irónico del paraíso imperfecto, del imposible control del deseo y, desde luego, de la impiedad del poder cuando éste siente que han sido transgredidas las reglas por él dictadas. Muchos poderes han sido y son particularmente punitivos con el placer de los otros; particularmente con el placer sexual, hasta el punto de que han dedicado buena parte de su discurso a instaurar en el individuo la conciencia de culpa a través del concepto de pecado. Sentimiento y conciencia que las sociedades desarrolladas van desterrando aunque a un ritmo más lento del deseado, de manera que podemos hablar de una clara recesión en la vigencia de la autorrepresión. Sabemos sin embargo de la permanencia de esta última en muchas de las sociedades del presente, y por supuesto de los métodos coercitivos ejercidos sobre quienes osan ejercer su derecho al placer sexual. Como estos ángeles torturados, las mujeres en las sociedades dominadas por los poderes religiosos, las mujeres y los hombres que no responden a la conducta fijada como ortodoxa por la concepción sexual tradicional, continúan siendo víctimas de la coacción en ciertos casos, de la represión más bárbara en otros muchos. El uso de prótesis para posibilitar las prácticas sexuales a unos seres no sólo inmateriales sino también asexuados nos sitúa en la más candente actualidad, ya que el desarrollo tecnocientífico está posibilitando las "extensiones del cuerpo", de las que hablara Marshall McLuhan, aunque si el gran teórico de la comunicación pensaba en los artefactos que nos han conducido al espacio global, ahora también disponemos de apéndices tecnológicos que se integran en el propio cuerpo. Algunos artistas, como Marina Núñez han fantaseado sobre la intensificación de dichas aplicaciones hasta la configuración de seres verdaderamente híbridos: los cyborgs. Otros, como Sterlac lo han explorado sobre sí mismos. Recordemos su Tercera mano que implantada en su brazo derecho y dotada de mecanismos electrónicos es movida mediante electrodos fijados en su propio cuerpo. José Fuentes desde el ámbito de lo metafórico terminar por remitir al concepto que se halla detrás de estas modificaciones corporales: la identidad. Porque con la elección de las prótesis los ángeles alteran su identidad, al abandonar su consubstancial asexualidad, aunque tampoco se convierten en seres humanos al permanecer incorpóreos. Más tarde quienes decidan renunciar definitivamente a su condición de ángeles adquirirán la corporeidad humana aunque al seleccionar con absoluta libertad sus órganos genitales en determinados casos obtendrán una identidad no convencional. Frente al normativismo de los géneros, construido a lo largo de los siglos por la cultura patriarcal dominante, en las últimas décadas y desde sectores de pensamiento alternativo se ha relativizado aquella convicción, hasta el punto de que autoras como Judith Butler consideran que la identidad de género es sobre todo una construcción cultural, que la identidad es inestable, incluso que no existen ni la masculinidad ni la feminidad en sí mismas. Algo que aunque al pensamiento conservador le resulte aberrante queda ratificado de forma continua por las personas que se someten a operaciones de cambio de sexo para adaptar su cuerpo a su estructura psíquica, pero también por aquéllas cuyo cuerpo comparte órganos masculinos y femeninos. Parece natural por consiguiente que al tener la posibilidad de construir su propio cuerpo y por tanto su identidad aquellos seres optaran por diversas combinaciones como si quisiesen cuestionar lo que hasta hace poco tiempo parecían divisiones estancas incuestionables. y la fracasada recuperación de la inmortalidad también puede interpretarse en clave humana. Precisamente el avance imparable de la ciencia está posibilitando el alargamiento de la vida; no faltan quienes al abrigo de ello sueñan ya con una prolongación casi infinita de la misma, superando la consubstancial condición efímera de lo seres vivos. Las cajas de la inmortalidad son una trampa, la puerta hacia un deseo a la postre inalcanzable, del mismo modo que en las sociedades más desarrolladas tantos individuos han sido seducidos por una ideología engañosa que promete casi la inmortalidad y cuya verdadera razón es espuria: alentar el consumo. Quienes prometen estados idl1icos: un cielo donde, después de la muerte, todo es goce -las diferentes religiones- una vida prolongada y libre de enfermedades -las sectas naturistas, las industrias farmaceúticas- son conscientes, como la divinidad que oferta una elección a partir de la apertura imposible de unas cajas, de su cinismo malévolo. De manera que a la postre José Fuentes construye un relato fantástico para hablar del poder; de la libertad, de la represión, de la sexualidad, del cuerpo, de la identidad. Una narración sintética, ausente de detalles. Y como creador plástico, que no literario, cada uno de aquellos conceptos queda explicitado en otros tantos ele tos icónicos. La libertad de movimientos de los ángeles, desplazándose sin esfuerzo en un espacio liviano, parece simbolizar la ausencia de cualquier barrera; sin embargo los acontecimientos ulteriores muestran que los limites no son espaciales sino comportamentales. Ni siquiera residiendo en el Paraíso es posible lograr la libertad p ya que el poder reacciona con crueldad cuando siente alteradas las pautas por él dictadas. La represión sexual ha constituido uno de los factores esenciales para la consolidación del ejercicio del poder. Asimismo la codificación de identidades resulta básica para el control social. De ahí que la ampliación de las mismas, y debería añadirse también de los tipos de unidades familiares, sean interpretadas en la actualidad por determinados sectores ideológicos como actitudes que cuestionan la estructura del poder. Quienes lo ostentan se arrogan la facultad de conceder, negar y condonar; manifiestan su benevolencia cuando existe sometimiento y crueldad cuando el sujeto reivindica su derecho a la autonomía de pensamiento y acción. Al hablar de poder se tiende a pensar implícitamente en el poder político. Sin embargo hay otros muchos poderes: económicos, laborales, sociales, familiares. Los sujetos que lo imponen en el ámbito doméstico imbuido de la mentalidad patriarcal, en el círculo social, o en el circulo laboral, hacen uso de los mismos mecanismos de coacción el más emblemático de los regímenes políticos tiránicos. En cualquier espacio de relaciones sociales suele existir alguien que intenta implícita o explícitamente orientar los comportamientos. En este sentido creo que el relato de José Fuentes habla de ese poder genérico, es decir de las actitudes y recursos comunes a cualquier tipo de poder. De ahí que bajo el enunciado de Algunos Ángeles emerja una verdadera parábola del poder.
JAVIER SÁEZ. CONSTRUYENDO EL SEXO CON TARACEA
Cuando José Fuentes comenzó a mostrarme las primeras imágenes de la serie "Algunos Ángeles", empecé a sentir una inquietante sensación de familiaridad, y a la vez un sentimiento siniestro debido a la sabiduría que encerraban, como si de algún modo, y sin proponérselo, Fuentes hubiera sido capaz de captar y retratar la historia de la sexualidad de los últimos tres siglos y me lo mostrara ahí, con toda su belleza, en una narración ficticia, que sin embargo, era también una narración real: la gestión de los cuerpos y de la sexualidad por el poder. La biopolítica. Yo había estado trabajando en la genealogía de la teoría queer durante los últimos tres años (1), y esta serie de obras supusieron una especie de revelación asombrosa. Lo queer es lo abyecto de la sexualidad, los cuerpos anormales, las minorías sexuales que se rebelan contra el poder y multiplican hasta el infinito la diversidad de las prácticas sexuales, subvirtiendo los sistemas de normalización, sistemas que intentan crear cuerpos normalizados, cuerpos sanos, cuerpos heterosexuales. Y aquí está la historia de esa rebelión, un palimpsesto con una escritura borrada: las pequeñas piezas de marquetería, encastradas de forma maravillosa en la pulpa de papel, por medio de una técnica de grabado innovadora y sin precedentes, y creando un retablo completo de la historia moderna de los sujetos. En la parte primera, La Custodia, se cuenta la envidia de los ángeles hacia los cuerpos sexuados, y su decisión de crearse sus propios sexos utilizando la madera. Este proceso aparentemente ilusorio, refleja en realidad la vida de todos nosotros. El sexo no es algo natural, no es algo dado, es una construcción cultural y social. Y los sujetos, como nos descubrieron Freud y Lacan, están perdidos desde su nacimiento en su relación con la sexualidad. Por lo tanto tenemos que inventarnos identidades sexuales para sobrevivir. No hay hombres ni mujeres, sólo sujetos, y todos castrados. Del mismo modo que esos ángeles ingenuos se fijan en los cuerpos de Adán y Eva, los humanos nos fijamos en modelos que no tienen un original. Nadie sabe lo que es ser hombre o mujer. Intentamos aproximarnos a un lugar vacío con la plasticidad de nuestros cuerpos, con identidades, con ropas, gestos, roles, con prótesis, con hormonas. O con taracea. La misma plasticidad que muestran estos grabados. Variaciones de un tema que no está escrito. El género es una invención reciente. En los años 50 del siglo pasado, asistimos a una ruptura en el régimen disciplinario del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo XIX, las disciplinas biopolfticas funcionaban como una máquina para naturalizar el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por "la conciencia". Lo será por médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción de "género" para abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente la morfología sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales. Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los niños "intersexuales", operados al nacer o tratados durante la pubertad, se convierten en minorías construidas como "anormales" en beneficio de la regulación normativa del cuerpo de la masa heterocentrada. Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el Imperio Sexual intenta regular; controlar; normalizar. Y aquí tenemos, en los grabados de Fuentes, esa misma plasticidad, la taracea y la pulpa de papel como dos medios que modelan, producen, crean sexos. Solo que a diferencia del bisturí terrible de Money (que decidirá que sólo debe haber dos sexos, mutilando a los bebés hermafroditas para que su sexo sea legible sólo como hombre o como mujer), los ángeles de Fuentes son múltiples, creativos, lúdicos, no tienen reparos en hacer proliferar sexos innombrables que van más allá del binarismo femenino-masculino (una casualidad asombrosa: John Money murió en el verano de 2006, precisamente cuando José Fuentes acababa de terminar esta serie). El capítulo II de la serie, El Castigo, muestra cómo estos ángeles traviesos fueron castigados por su osadía, por medio de torturas inflingidas por diversas máquinas conectadas a sus cuerpos. Una vez más, la fábula tenía un correlato real. Desde el siglo XVIII aparece en el discurso médico una nueva noción del cuerpo sexuado como amenaza, y una serie de órganos empiezan a ser sospechosos, vigilados, perseguidos. En aquella época, por ejemplo, la mano pasa a ser un órgano sexual. La mano masturbadora y sus peligros contra la salud. La medicina va a construir una serie de máquinas, correas, arneses ... destinados a controlar la mano masturbadora. Muchos adolescentes serán conectados a estas máquinas de: tortura, como los ángeles castigados que nos muestran las imágenes. En el siglo XIX aparecen nuevas máquinas, que se utilizan en los hospitales para dar masajes pélvicos el fin de producir orgasmos en las mujeres llamadas histéricas. Estas máquinas serán las precursoras de los actuales vibradores o dildos, una vez que se reduce su tamaño y comercializan en el siglo XX como objetos privados el consumo casero (2). En los capítulos III y IV, La elección y El sueño de la inmortalidad, los ángeles tienen la posibilidad de humanos y elegir su género (aunque esta identidad a ser paradójica e incongruente), o bien ser inmortales intentando abrir unas cajas que no se pueden tocar que hace imposible el proceso de devenir inmortal. Estos dos episodios resumen lo que ha ocurrido a lo largo del siglo XX y lo que ocurre en la actualidad con las políticas del sexo: por una parte, las minorías sexuales se rebelan a finales del siglo XX: gays, lesbianas, travestis, transexuales, dragqueens, drag kings, intersexuales, transgéneros, y otras muchas subculturas sexuales ponen en cuestión que haya una coherencia en el sistema sexo-género, que sólo deba haber dos sexos, o que el destino de los humanos sea la heterosexualidad. Estos son los ángeles de la Elección, sin prejuicios, creativos, polimorfos. Paralelamente, las nuevas ciencias humanas - psicología, psiquiatría, sociología, antropología...- van a intentar establecer la verdad del sexo, las condiciones de su relación armoniosa, su normalidad. Van a promover discursos y confesiones sobre la sexualidad de cada persona para establecer su "naturaleza": esta verdad es el Sueño la inmortalidad. Pero por supuesto fracasaron: al igual que las cajas mágicas de Fuentes, estos discursos y prácticas nunca logran su objetivo, la caja ce: ciencia es transparente. No hay una verdad del sexo, hay una armonía entre los sexos, no hay dos sexos, hay sólo una multiplicidad sin saber. I La caja está vacía. Pero gracias a José Fuentes ahora sabemos que es hermosa.
(1) Sáez, J. Teoría queer y psicoanálisis. Sintesis.Madrid. 2004.
(2) Este proceso histórico fascinante de la genealogía del dildo ha sido estudiado en detalle por Beatriz Preciado en su ensayo " Manifiesto Sexual ". Opera Prima. Madrid. 2002.